Un día como estudiante universitario
De cómo el valeroso Humboldt viajó en metro,
preguntó cuánto cobraba el Pumabus y se comió unas papas en las tierras de Derecho, junto a otras aventuras propias de quien estudia, camina y sobrevive en Ciudad Universitaria.
Hoy decidí lanzarme a lo desconocido. No a la selva, ni al Pedregal, tampoco les hablo de ir a la Facultad de Filosofía y Letras después de las siete de la noche. No. Me subí al metro en Pantitlán y lo que es aún más extremo y fascinante, en hora pico.
Pero no lo hice solo. Entre con miedo. El tipo de miedo que uno siente cuando lee Facundo
por primera vez y entiende que en algunos casos la "barbarie" no se trata únicamente de una categoría política, sino también, de un estado físico, sudoroso y colectivo. En cuánto llegue a las vías comprendí que estaba entrando a otro plano existencial. "¿Y si este es mi último viaje?", me pregunte mientras era absorbido por un remolino de personas con prisa y furia que me llevaban con ellos hasta dentro del vagón y entre cada sacudida, empujón y pisotón me aferré a un tubo oxidado, como Sarmiento a sus ideales ilustrados. Entre tanta confusión, un niño me vio, me sonrió y yo le sonreí de vuelta. Al menos creo que le sonreí, no lo sé, no tengo boca.
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| Viernes 23 de mayo, 07:00am, Estación del metro Pantitlán. ¿Civilización o barbarie? |
Apunto estaba de llegar a mi transborde cuando pensé en escribir algo realmente profundo en mi cuaderno: "La filosofía del metro comienza donde termina el pudor", pero la pluma se me cayó justo entre los pies de un señor que roncaba de pie. Ante esto, solo puedo exclamar "¡Qué habilidad!" y coleccionar la imagen en mi mente, pues incluso con una foto duplicada cuatro veces, ni mis amigos más allegados podrían creerlo.
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| Pasillo de las facultades |
Estando en este lugar comprendí porque Efraín había tardado tanto en llegar a encontrarse con su amada, un lugar con tantos colores, aromas y personas puede llegar a enloquecer a cualquiera. Como Efraín, me enamoré. Era una mujer preciosa que cargaba bajo el brazo María de Jorge Isaacs, caminaba con seguridad y mi deseo era seguirla, oh mi María, otra María pero igual de inalcanzable. Quise acercarme, decirle algo poético como "¿Sabías que Efraín también se enamoró sin saber que hacer con las manos?" y entonces recordé que soy un muñeco y ni caminar solo puedo.
Mientras la seguía en silencio, en mi mente sonaba la canción más triste del mundo interpretada por el violín más pequeño, reggetón filtrado desde algún extraño lugar de los que llaman "bares" y mis pensamientos más tristes. De pronto la perdí de vista y entendí que tal vez no era Efraín, ni ella María. Tal vez sólo éramos dos personas atravesando el mismo pasillo, pero en capítulos distintos.
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| Parada de pumabus (se para solo) |
Pronto me olvide de mi dolor y llegué a la parada del pumabus en la Facultad de Odontología y como todo principiante cometí dos errores que al parecer causaron cierta impresión; le hice la parada al enorme camión azul y como todo buen viajero responsable decidí preguntas "¿Cuánto cobra?" . Silencio, miradas curiosas y luego risas, no risas discretas, risas sinceras y abiertas, me veían como si de un foráneo se tratara, parece que olvidan que existen estatuas mías en su país, EN MIS TIEMPOS SE VIAJABA A PIE. El chófer, creyendo que bromeaba me respondió "No seas payaso, súbete" y me subí. Herido, pero educado.
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| Pumabus: Me caí por no agarrarme |
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| Papas tan rojas como El matadero |
Finalmente, bajé en la Facultad de Derecho, porque como buen catador de experiencias culinarias, era necesario que experimentará el sabor de las famosas papitas de la señora del carrito. Me habían dicho que eran las mejores de CU: crujientes, baratas y con varios tipos de salsas, más corrosivas que la crítica de Echeverría al régimen rosista. Poco se habla de la fama que tienen estas papas y de lo peligroso que es formarse por una bolsita, porque cuando la gente piensa que están por terminarse se siente el miedo real y yo, en esta expedición había entrado a El matadero . En mi aventura, un pobre chico de Letras fue desplazado por un grupo de futuros abogados que discutían sobre leyes mientras devoraban papas como si fueran las últimas del mundo, y de verdad que quise protestar, pero cuando me extendieron mi bolsita con salsa valentina extra olvide hasta mi nombre, solo podía ver la distancia que nos separaba. Y cuando pude recuperar la conciencia recordé una cosa, "El color rojo de La refalosa debió ser igual de intenso que esté".
En fin, en CU cada quien encuentra su matadero. El mío en este día tenía sabor a injusticia y valentina negra.
Así termina (por ahora) está crónica de un muñeco curioso que camina, observa y escribe fragmentos sobre amor no correspondido, trayectos en transporte público y de libros que nos persiguen aunque intentemos huir a las pampas, como El Gaucho Martín Fierro.
Gracias por leer. Disfruta la siguiente entrada.
Tu amigo, Humboldt. 🍃





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